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jueves, 15 de octubre de 2009

El día en que silenciaron al buen Jaime Garzón

Jaime, el bueno
Por Lorenzo Madrigal
Jugó su vida, cambió su vida, como si de todos modos la llevara perdida
.
Lunes 11 Septiembre 2000



Mataron a Jaime!, con esta voz, tan cruda y colombiana, despertaron a Lorenzo el viernes 13 de agosto de 1999. No cabía la menor duda, se trataba de Jaime. Y aunque no era la suya una amistad cotidiana, Jaime era para él, como para muchos hombres y mujeres de este país, Jaime Garzón.La ciudad de Bogotá se estremeció y se volcó a la noche sobre su capilla ardiente, montada bajo las columnas jónicas del Capitolio (así ya no simbolicen la patria) y al día siguiente acudió a su entierro, con aquel dolor hueco y sin remedio con que vemos morir en Colombia.

Voy a ser infidente al narrar una anécdota familiar que se desarrolló en el entorno de Jaime y del incalificable crimen. Dos niños muy cercanos suyos, un niño y una niña, vivaces como él y hermosos en su inocencia, ya alertada por nuestro acontecer, se hallaban fuera del país cuando escucharon rumores y susurros de algo que no entendían. Finalmente fue imperioso darles una explicación, que no pudo ser sino la más cruel e irremediable. “Pero, ¿quiénes lo mataron, preguntó la niña, los buenos o los malos?”.

En este esquema infantil, como de policías y ladrones, encuadra no sólo este acontecimiento estremecedor, sino muchos otros que vivimos a diario, en medio de tan implacable violencia. Guerra de buenos contra malos. Como del Romancero: “Llegaron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios protege a los malos cuando son más que los buenos”.Y quiénes son los unos y quiénes son los otros, es bueno verlo.

Sin poder evitar lo maniqueo del cuento y casi aludiendo a los que están a la diestra y a la izquierda o sinistra de Dios Padre, que inspiró a Carrasquilla, aquí los buenos, en los juegos de los niños —y en la realidad—, son los que están por la ley y los malos, por el desorden y el crimen.Claro que no es un asunto tan trivial, porque con frecuencia los buenos son peores que los malos, que siguen siendo malos por definición. Para colmo, Jaime optó por hacer la paz entre unos y otros, quizás porque percibía que su humor llegaba a todos por igual y que con su personalidad inerme le bastaría para defenderse.Fue así como se dejó llevar por esa terquedad de paz, en las circunstancias más audaces y acometió misiones altruistas como fue la de rescatar secuestrados del tenebroso páramo del Sumapaz.

Jaime se transformó en un don de sí mismo. Vivió intensamente y entregó su vida, jugó su vida, como si de todos modos la llevara perdida, como en el verso de Barba. El país se sorprendió cuando lo vio reír sin dentadura y no palidecer, sino, por el contrario, sacar nuevas fuerzas de su cantera inagotable, que le sirvió para burlarse de su propia faz.Padeció en vida y muerte la maledicencia de unos pocos que han creído ver intereses personales tras ese derroche de alocado atrevimiento.

No podía estar tan alto sin que provocara envidias y falsas interpretaciones. Pero no, su interés era la salvación de la patria, así, con todo y su sentido cursi y con el tricolor flameante y enhiesto, como a él le gustaba portarlo. Pero no era la suya una actividad solamente oficiosa, sino autorizada y controlada por la gobernación del departamento, que lo contaba entre sus asesores de paz.No lo vieron con buenos ojos. Aunque su sátira cobijaba a casi todos los estamentos sociales y políticos, es posible que gente armada, carente de sentido alguno del humor, hubiese resentido los remedos. Pero sobre todo se sabe que fue conminado a ‘definirse’, cuando se le vio trasegar el páramo y otras localidades, en gestiones de liberación.

Fue francamente imprudente, dirán muchos, diremos todos. Era verdadera locura tratar de redimir a este país desde el ‘patio’ del humor y por medio de instancias y gestiones confidenciales, cual ciudadano errante, como aquel solitario de Tiananmen, enfrentada su triste humanidad a los tanques de la dictadura china.Desatendió Jaime, quizás, que humor y guerra no van unidos, porque cuando el ceño se frunce, el hombre tiende a la violencia. Y hay quienes sólo ríen a carcajadas ante victorias armadas, cargas de fusilería o ante la exhibición de los cadáveres de sus enemigos.

El país quedó, una vez más, notificado, la prensa libre, el humor libre, el espíritu sin cadenas, la risa buena, la cordial, la respetuosa, la que no pretende imponer sino la gracia, no sin mostrar alguna dirección del pensamiento. Es la guerra. Fue Jaime, nuestro Jaime, un mártir de esa guerra y al mismo tiempo un mártir por la paz, en la que creyó y en la que ya no cabe creer.Jaime murió, una estatua se merece, que no sea derrumbada por una vulgar bombona de cocina. Y lo más terrible y paradójico: a Jaime, a nuestro Jaime, lo mataron los buenos.

Jaime Garzón a diez años de su asesinato

Recordar a Jaime
Revista Semana de Colombia

ANIVERSARIO Han pasado 10 años desde cuando murió Jaime Garzón. Su amigo Eduardo Arias hace una semblanza de ese humorista político que dejó un vacío que aún se siente en Colombia.
Sábado 8 Agosto 2009


En ‘Quac, el noticero’, Jaime Garzón interpretó a Dioselina Tibaná, la cocinera del Palacio de Nariño; a Godofredo Cínico Caspa,un abogado cavernario, y a Néstor Helí, el portero del edificio Colombia. Otro personaje famoso fue el lustrabotas Heriberto de la Calle, quien debutó en el programa ‘La Lechuza’ y luego realizó entrevistas en los noticieros ‘CM&’ y ‘Caracol’

Jaime Garzón era el dueño de una carcajada generosa, estridente, capaz de llenar auditorios enteros. Una carcajada de la que se servía para anunciar su llegada (le encantaba hacerse notar, ser el centro de todas las miradas), la utilizaba para enfatizar sus apuntes mordaces. Muchas de ellas, fruto de alguna equivocación durante la grabación o de alguna conversación después del corte que quedó grabada, salieron al aire en los programas de televisión Zoociedad (1990-1993), Quac (1995-1997) y Lechuza (1997). También de la boca desdentada de Heriberto de la Calle, su último y más emblemático personaje, que se encargaba de entrevistar personajes de la vida pública en el noticiero CM& y luego en Caracol Noticias. El que murió con él hace 10 años, cuando Jaime Garzón tenía 38 años.

Esa carcajada franca lo pintaba de cuerpo entero. Garzón, ante todo, era un comunicador nato, dueño de un carisma que muy raras veces tienen quienes ejercen el humor político y que suelen esconder su inteligencia, su ironía y su sarcasmo detrás de una máscara de timidez e introspección. Garzón, en cambio, manejaba con igual maestría las técnicas del stand up comedy y del humor político. Y si a eso se agrega su gran capacidad para imitar personajes…

Como si lo anterior fuera poco, Garzón también hacía un espectáculo de sí mismo. Se burlaba del poder, es cierto, pero también se burlaba de su figura, de su torpeza, de sus carencias afectivas. Y así se ganaba el cariño de la gente. Era dueño de un espíritu entrador, propio de los grandes conversadores que saben cautivar una audiencia por su capacidad de llevar a extremos delirantes hasta las situaciones más anodinas de la vida.

Además de su sentido del humor y de su sobresaliente inteligencia y su agudeza mental, el éxito de Garzón se basaba en otros componentes. Uno de ellos, tal vez el más importante, su cercanía a las fuentes primarias de lo que sería su discurso y el discurso de sus personajes. Educación religiosa en la edad escolar (incluso ofició de monaguillo); estudiante de Derecho en la Universidad Nacional; cercano colaborador de la guerrilla del ELN; alcalde menor de Sumapaz, localidad rural del entonces Distrito Especial de Bogotá durante el mandato de Andrés Pastrana; asesor del gobierno de César Gaviria, oficio que desempeñó cuando Zoociedad estaba al aire. Esta diversidad de oficios le permitió conocer, de primera mano, los discursos de la Iglesia, la academia, y los estertores de los movimientos estudiantiles de los años 70 y la política.

Durante este tiempo Garzón había perfeccionado sus dotes de humorista, había desarrollado varias de sus imitaciones más emblemáticas (los Pastrana papá e hijo, Alfonso López Michelsen, Álvaro Gómez) y ya se había fogueado ante auditorios privados. Así que el 31 de octubre de 1990, cuando salió al aire el primer capítulo de Zoociedad, Jaime Garzón debutaba como presentador de un espacio de televisión, pero ya había recorrido un largo terreno y estaba listo para enfrentar las audiencias masivas de la televisión.

Otro punto a su favor: su calidez y su facilidad para hacer amigos, o al menos hacerle creer a mucha gente que eran "sus amigos del alma". Cuando lo conocí, en 1989, en la sala de redacción del diario La Prensa, se presentó como "el hermano de Alfredo Garzón", el ilustrador de El Espectador, y acto seguido comenzó a hablarme y a hacer chistes como si fuéramos amigos de toda la vida. Y así era siempre. Al llegar a la reunión de los lunes en la que se planeaba Zoociedad, saludaba de abrazo a todo el mundo y por lo general contaba alguna anécdota que le garantizaba ser el centro de atención. En el estudio de grabación era muy amable con los camarógrafos, los asistentes, los maquilladores. En 1991, cuando se enteró de que la programadora no iba a llevar a Cartagena a todos los realizadores de Zoociedad, de su propio bolsillo les pagó el pasaje y la estada a tres de ellos. Cada rato los invitaba a su casa, en el Barrio San Martín, les preparaba comida y los trataba como si fueran sus hermanos del alma.

Pero Jaime Garzón también era un personaje trágico. A ratos solía caer en los pozos profundos de la depresión. Por lo general, las grabaciones de Zoociedad eran una explosión de entusiasmo, ideas van, ideas vienen. Pero a veces Jaime llegaba deprimido, o de mal genio, o sencillamente no aparecía, o amenazaba con renunciar, y aquello era muy parecido a un velorio.

Además, le encantaba jugar con su propia muerte. Llegó al extremo de mandar imprimir un cartel funerario en el que anunciaba su propio entierro. Como recordaba Antonio Morales, libretista y director periodístico de Quac, en un texto-homenaje que escribió hace algunos años en la revista Número, "su corta vida estuvo marcada desde los 8 años por un impulso tanático y autodestructivo originado por la temprana muerte de su padre. Desde muy joven, Garzón les expresaba recurrentemente a sus amigos que deseaba morir, como su padre, a los 38 años. Desde entonces la vida de Jaime transcurrió, en lo privado y en lo público, paralelamente a la violencia colombiana".

Se podría decir que Garzón vivía entre la risa exagerada y una cercanía con la muerte, a la que se exponía cada vez más, a medida que pasaba de ser un personaje de programas de humor a un personaje de la vida pública. Era, de alguna manera, la imagen misma del equilibrio inestable en que viven los colombianos, entre los excesos de la risa y de la tragedia.

Como señaló Morales en el texto de Número, así como en diversas conversaciones Jaime Garzón dejó de ser el personaje de ficción de Zoociedad y Quac y se convirtió en un personaje real cuando, disfrazado de Heriberto de la Calle, comenzó a entrevistar en un noticiero a los personajes de carne y hueso de la vida real. Y se expuso aun más a la muerte cuando comenzó a hacerse visible en escenarios de la vida real como el proceso de paz y la intermediación en casos de secuestro. "La imagen de Heriberto se confundió entonces con la de Garzón con la guerrilla recibiendo secuestrados, Garzón en eventos de paz, Garzón con la sociedad civil, Garzón en La Habana, Garzón con los ex guerrilleros salvadoreños, Garzón negociador y conciliador en medio de las balas, Garzón repudiado y señalado como inconveniente por la extrema derecha", escribió Morales.

Y Garzón a veces olvidaba que él no era Émerson de Francisco ni Louis, sus personajes de Zoociedad. Como buen chicanero que era, hablaba de temas muy delicados con el mismo desparpajo con que lo hacía de sus levantes o de su nuevo carro. Lo vi vivo por última vez un mes antes de que lo asesinaran. Fue a la salida de los estudios de Radionet, la emisora donde él trabajaba. María Jimena Duzán, que acababa de entrevistarnos a Karl Troller y a mí, nos acompañó a la puerta. Al ver a Garzón, le dijo: "Pilas, Jaime. A usted lo van a matar si sigue hablando de esos temas tan delicados". Jaime, que estaba feliz porque estrenaba un BMW Z3 convertible rojo que acababa de poner de moda la última película de James Bond, no le paró bolas.

En la madrugada del viernes 13 de agosto de 1999, dos sicarios le pegaron cinco tiros a Jaime Garzón. El mito había muerto. Nacía una leyenda. Peor aun, un vacío que Colombia no ha podido asumir, y mucho menos llenar.