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lunes, 28 de septiembre de 2009

Thorndike, Alan y "Página Libre"

martes 10 de marzo de 2009
Luces y sombras de Thorndike

Por Cesar Hildebrandt



Ha muerto Guillermo Thorndike y en esta hora de hipocresías funerarias hemos tenido que escuchar esos elogios de velorio y esas penas casi obligatorias que acompañan a la florería de ocasión.

Lo peor de una muerte son los discursos y la mayor parte de los discursos son la muerte. Pero en el caso de Thorndike los desmanes apologéticos y la tristeza profesional de algunos locutores suenan especialmente insufribles.

Porque quizá la manera más delicada de asistir al entierro de Thorndike sea guardando un prudente silencio. Un silencio que evoque al gordo amable y al magnífico padre y al indesmayable escritor que fue también Guillermo Thorndike.

De otra manera tendríamos que repasar la vida de un hombre extraordinariamente talentoso que hizo todo lo posible para ser recordado no por su talento sino por las debilidades de su carácter y su varias veces demostrada falta de escrúpulos.

Todo en Thorndike fue contradictorio. Creaba publicaciones que luego quería asesinar, amasaba fortunas sólo para darse el gusto de dilapidarlas, escribía libros por encargo mientras se apasionaba siguiéndole la pista al más puro de los peruanos –quizás debiera decir al único peruano digno de asociarse con la pureza-: Miguel Grau. Era casi como sumergirse en Grau para sacarse el sarro de tantas inmersiones en los manglares del oficio.

Fundó “La República” pero dirigió “La Razón” fujimorista, se jugó por Velasco pero trabajó al lado de Ramírez Erazo, fue el padre de un estilo que consistía en titular a gritos pero también fue padrino de Pepe Olaya.

¿Qué recordar de él, para ser justos y amables a la hora de su muerte?
¿Recordar su excelente “1879” o su papel al lado de los hermanos Winter en plena dictadura? ¿Su versión entre histórica y novelada pero de cualquier modo formidable de “El año de la barbarie” o su trabajo como director de “Página Libre”, el diario que Alan García montó para él con el propósito de enlodar a Vargas Llosa y ayudar al naciente Fujimori?
Thorndike le dijo a Jorge Coaguila en el 2008, en las páginas de “La Primera”, que gracias a “Página Libre” “le volteamos la escalerita (a Vargas Llosa)”.

No fue para tanto, pero sí es cierto que “Página Libre” ayudó a escribir la agenda que terminó con el triunfo inesperado de aquel Fujimori que había pactado con García un canje de ayudas de campaña por impunidades del futuro. Que Fujimori traicionara ese pacto en 1992 confirmó que el ciudadano binacional que nos gobernó la década del asco superaba en capacidad de traición al promedio de los políticos netamente peruanos.

En su famoso libro autobiográfico, Mario Vargas Llosa escribió lo más violento que alguien pudo escribir en torno a Thorndike:
“Alan García, con su intuición infalible para este género de operaciones, reclutó a varios de ellos para que fueran sus mastines y me los lanzó armados con las armas que manejan tan bien...El primer contratado fue –gran paradoja- un periodista mercenario que había servido fielmente a Velasco desde la dirección de “La Crónica”, un personaje del que se puede decir, sin temor a equivocarse, que es el más exquisito producto que el periodismo de estercolero haya forjado en el Perú: Guillermo Thorndike...”

Muy pocas veces Vargas Llosa ha escrito algo de tan vitriólicas características. Lo cierto es que el papel que cumplió Thorndike en “Página Libre”, un diario que se ideaba en el hotel “Crillón”, donde García había alquilado una suite para que su matón periodístico hiciera de las suyas cada noche, fue repulsivo. Fue, además, el pago con el que Thorndike canceló la factura de su nombramiento como representante diplomático de García en la sede de Washington de la OEA.

En esa misma entrevista con Coaguila, Thorndike trató de explicar su paso por algunos muladares del periodismo con estas tristes palabras:
“Hay épocas en las que uno tiene que trabajar limpiando baños, letrinas...”
¿Era consciente Thorndike, entonces, de la naturaleza de algunas de las tareas que se impuso para sobrevivir?

Esa frase antecitada, que reiteraría meses más tarde en “Perú 21”, indica que sí.

Y ese es el reproche mayor que podría merecer el personaje. El daño que le hizo Thorndike a la profesión periodística fue enorme.

Porque al imitar a Federico More, tanto en venalidad como en talento, Thorndike envió el mensaje que la derecha y los politicastros bebieron con angurria: los periodistas se alquilan y se tiran después de usarse. Y a partir de ejemplos como el suyo es que el empresariado periodístico ha considerado el oficio de informar como algo que debiera estar a cargo de ejércitos mercenarios.

Otro inmenso talento que terminó arrendándose y subarrendándose al mejor postor fue Luis Felipe Angell, Sofocleto. Precisamente a raíz de la muerte del humorista, Thorndike recordó una de las mejores boutades de sus “Sinlogismos”: “La inmortalidad es el arte de morirse a tiempo”.
Si aparte de perversa esa frase fuera cierta, pocos podrían negar que Thorndike ha pasado al panteón de los inmortales de la prensa peruana.

Beto Ortíz y el diario "Página Libre" de Alan

Yo trabajé para Alan García
por Beto ortíz


Sin dejar de mirarme fijamente, Alan García le dio un breve sorbo a su coca-cola light, (se cuida, se quiere), echó hacia atrás, casi con cachet, el histórico mechón con el dorso de la mano y, cruzando las larguísimas calancas sin arrugar ni un ápice el ficho casimir de su (eterno) terno azul, me dijo:

- Cómo no voy a conocerlo, señor Ortiz. Usted ha trabajado para mí.

La frase me heló la sangre pero -lo más Cool Mc Cool que pude- intenté disimular ensayando mi sonrisa # 63, esa que reservo sólo para situaciones de inminente papelón o vergüenza extrema. Mantuve la calma, rebobiné mentalmente y volví a escuchar, resonando en la insondable inmensidad de mi bóveda craneana, la misma fatídica sentencia: Usted ha trabajado para mí.

No, no era gracioso. Ese señor con quien tan animadamente charlaba la tarde de aquel lunes como hoy, lunes que proso y en plena ciudad luz con precipitaciones pluviales o chubascos, (para no seguir recitando a Vallejo), no era ningún homónimo. No era un error. Era el mismísimo Alan García, el reo contumaz, el que no la debe ni la teme, el cantor de rancheras, el orate, el anticristo. En una palabra, el hombre que, junto al carismático de Vladimiro, ha aparecido con mayor frecuencia como respuesta a la pregunta: "¿Qué persona viva le parece despreciable?" en el Test de Proust que, desde hace bastantes años, publica la revista "Somos".

¿Estaba entendiendo bien? ¿Yo, o sea, el paladín de la televisión abierta, el prócer de las ondas electromagnéticas, el Pókemon de la libertad de expresión había trabajado alguna vez para ¡Alan García!? Pero, ¿cómo? ¿Lavándole el carro, escribiéndole alguna soboneta biografía, llevándole la pizza, o acaso componiéndole una cancioncita bobalicona? ¿Qué cosa?, ¿estaba huevón ese señor?
No. Alan García no posee, en su composición química, ni una sola molécula de huevón. Y cualquiera que haya vivido en el Perú de los ochenta sabe que no miento. Pero, allí, en esa mesita tembleque del Café Malakoff de Trocadero, barrio que, aunque inevitablemente nos suene a lupanar, se hubiera hecho acreedor a la calificación de "exclusivo" en los titulares de cualquier rascuache noticiero local, Alan Gabriel estaba, esta vez, cosa terrible, diciendo la verdad. Y la verdad era esa, que, en efecto, sin quererlo, sin saberlo, siendo joven e inexperto, yo había trabajado -y estaba a punto de saberlo- para él. Que el cielo me juzgue.

Con esa diabólica elocuencia que, cada vez que aparece en la tele, hace a las respetables damas limeñas exclamar; "¡Cambia de canal porque ahorita me convence!", el cuestionado exmandatario me aplicó un floro bravazo que se prolongó durante horas y horas.

Consideraciones políticas, éticas, morales y filosóficas aparte, debo confesar, no sin cierto tenue bochorno, que escucharlo contar sus historias constituye una experiencia francamente fascinante. Contó que estaba algo empinchado con el Apra: sus locas ilusiones de regresar investido de inmunidad parlamentaria se estrellaron -por suerte, dirán muchos- contra la inflexible decisión partidaria de lanzar a su exministro Abel Salinas a una absurda candidatura presidencial, haciendo abortar lo que él veía como el renacimiento de una vigorosa célula parlamentaria aprista encabezada, obviamente, por él.

Contó que la entrevista que, hace poco más de un año, le concedió a esa Barbara Walters nacional que es Maritere, fue estrictamente coordinada -qué novedad- con el Supremo Editor General de Frecuencia Latina, (sabemos de quién estamos hablando, ¿no?) y como en ese momento le convenía hablar, atracó, caballero nomás, con la condición de que le dieran una hora entera de televisión nacional. (Y pensar que hasta yo me creí lo de primicia mundial . Mas he de ser ingenuo: tiene que existir otra manera de obtener lo mismo. ¿Seré tetudo? ). Dijo, por último, entre muchas otras cosas que, por ahora, no contaré, que no me daba una entrevista sencillamente porque no quería robarle cámara a las manifestaciones populares que se esperan esta semana, que era prudente esperar a ver qué iba a pasar y que, aunque Toledo le parecía un líder de fuste, estaba convencido de que Fujimori se queda en el poder, por lo menos, otros diez años.

¿Y usted?, ¿vuelve?- le pregunté, con cierto terror, en una de mis escasísimas interrupciones a su monólogo: "¿Yo?" -me respondió, reflexivo, hondo, casi sacerdotal- "yo he aprendido a aceptar que, en la vida, llega un momento en que dejas de ser, para siempre. Y eso sí lo tengo claro: mi tiempo ha pasado.

Yo ya fui" No se lo dije, pero esa sí que no se la creo ni de vainas. La que sí es cierta, ya lo dije, es la afirmación que da título a esta nota: en 1990, cuando Vargas Llosa cabalgaba incontenible rumbo a palacio, el aún presidente García, convencido de que su candidato, Luchito Alva, sería un fiasco y desesperado por encontrar una figura que pudiera hacerle frente al monolítico Fredemo, envió a su ministro del interior, el entonces temido Agustín Mantilla a conferenciar con un candidato diminuto que concentraba entonces el 5% de las preferencias electorales: Ezequiel Ataucusi. De aquella incursión en el templo israelita, Mantilla regresó estupefacto: no, ese no era el hombre. Alan rumió su decepción abofeteando el aire con su impávido mechón. No importaba, tarde o temprano, algo se le ocurriría.

- Buenas tardes, doctor García
- ¿Señor Ortiz? Buenas tardes, me han hablado mucho de usted.
- Bueno, supongo que debo empezar por contarle algo sobre mi programa, cuando usted salió del Perú yo era redactor de un periódico, usted no me conoce...
- Cómo no voy a conocerlo, señor Ortiz. Usted ha trabajado para mí.
- ¿?- ¿Para usted?, ¿entonces era cierto lo que decían sobre el diario "Página Libre"?
- ¿Qué decían?
- Que usted era el propietario.
- (Sonrisa leve y casi imperceptible). Bueno, no era sólo mío. Cuando constatamos la fuerza que tenía Vargas Llosa en los medios, nos dimos cuenta que la única forma de hacerle frente era poner un periódico y le encargamos al gordo Guillermo Thorndike que lo dirigiera.
- Entonces, esa debilidad de Thorndike por los presidentes no es nueva.
- Sí, pues. Quién lo viera y quién lo ve, ¿no? Increíble. Pero "Página Libre" era un buen diario, alternativo, bien escrito?
- Y fue el diario que inventó a Fujimori. Recuerdo que el Gordo siempre se jactaba de eso: ¡Con "La República" inventé a Alan García y con "Página Libre" inventé a Fujimori! -decía.
- Ah, sí, ¿no? ¿Eso decía?
- Sí.
- ¡Ja, ja, ja! Qué buena raza, oiga!
- ¿Por qué?
- (Sonrisa amplia, casi cachosa) Oiga, señor Ortiz, hágame el favor: ¿quién cree usted que inventó a Fujimori?

Publicado en Terra.
Junio del 2000